Se ha cumplido un año desde la asunción del Presidente Javier Milei en Argentina, y han pasado semanas ya desde el triunfo de Donald Trump, en la elección presidencial del 5 de noviembre de 2024.
Es un dato ya reiterado que ha habido y habrá cambios importantes en las formas y el fondo de la política, en la elección de los candidatos y en la forma de ejercer el poder.
Los días que están transcurriendo hasta la inauguración de esta segunda presidencia de Trump, el 20 de enero de 2025, nos van trayendo algunas sorpresas y mayores certidumbres que antes de la elección. El resultado final de una victoria de Trump y el Partido Republicano, frente a sus oponentes del Partido Demócrata, le otorgó un margen muy superior al de los exiguos números que las encuestas y cálculos previo le otorgaban. Una vez más, las encuestas y proyecciones electorales fueron erróneas. Parecería que este hecho se repite en las últimas elecciones en distintos países del mundo, incluida la Argentina, y los resultados sorprendentes no son exclusivos de países de mayor informalidad política.
Por otra parte el estilo comunicacional de Donald Trump, disruptivo, agresivo, desafiante, distinto a los anteriores, se generaliza en America del Norte, América del Sur, Europa y Asia. Los “buenos modales” y la corrección política no genera actualmente caudal de votos. Ese nuevo estilo agresivo y disruptivo, parece ser lo que el electorado premia con la victoria, y la aceptación de la gestión.
No es posible enmarcar a los nuevos líderes y gobernantes que han surgido sorpresivamente en la última década, bajo los parámetros de las tradicionales “derecha” e “izquierda”, viejas categorías nacidas en la Asamblea Francesa tras la Revolución de 1789. Los populistas pregonan ahora ideas de la antigua derecha y los inmovilistas son más parecidos a la vieja izquierda.
El Centro ha quedado, como categoría política, despoblado, y la forma de hacer política que resulta exitosa, es la brabucona y pendenciera, que no respeta límites y pretende imponer su verdad absoluta.
La política, el electorado y las redes sociales
Dentro de las mutaciones en la forma de hacer política la sorpresa es la influencia de las redes sociales en la toma de decisiones del elector. Las campañas y las técnicas de persuasión ya no se ven exclusivamente en la calle ni en los medios de comunicación tradicionales. Las redes influyen y mueven voluntades en una masa muy grande de electores, sobre todo los jóvenes
Donald Trump, tuvo claro este cambio en la forma del mensaje y los canales para hacer política en la elección de 2016 y lo ratificó en 2024. Javier Milei lo utilizó en 2023. Las redes y las acciones de comunicación a través de las mismas tuvieron mucha influencia en los resultados finales que, como dijimos antes, sorprendieron a los analistas políticos y predictores de resultados electorales.
Este cambio en las formas y canales de información por medio de los cuales el electorado toma la decisión de cómo y a quién votar, es un cambio cultural de relevancia. La democracia como forma de gobierno participativa que conocemos como la mejor y más eficiente para respetar derechos y voluntades, es la más utilizada en Occidente desde hace más de 200 años. Pero fue concebida y diseñada luego de guerras, invasiones y migraciones forzadas, cuando la humanidad contaba solo con medios de transporte primitivos, impulsados por la fuerza de la naturaleza, y las comunicaciones se realizaban exclusivamente de manera escrita y en soporte papel. Estas formas han cambiado, las herramientas de comunicación disponibles se han multiplicado y mutado estructuralmente y la sociedad ha experimentado un cambio disruptivo y una aceleración exponencial en la forma de informarse y decidir.
En este sentido, uno de los protagonistas de este cambio que mejor los percibió, es nuestro contemporáneo y famoso hombre de negocios Elon Musk. Él compró el 27 de octubre de 2022 la red social que en aquel momento se llamaba Twitter, y rebautizó X Corp, en la suma de USD 44.000.000.000 (44 mil millones de dólares). Esta suma puede parece muy abultada; pero el Señor Musk no suele hacer malos negocios, y aquellas industrias y empresas en las que invierte, terminan generándole nuevas ganancias.
Personalmente, en el momento en que Musk realizó esta sonada operación de compra, me sorprendí que un exitoso fabricante de autos eléctricos (Tesla), dueño de una empresa de inteligencia artificial (xAI), de una empresa que desarrolla chips cerebrales (Neurolink), de una empresa de infraestructura (The Boring Company), de una empresa de comunicaciones satelitales (Starlink) y de una empresa de exploración espacial privada (Space X), entre otras compañías, pagase esa importante suma de dinero para tener la capacidad de gestionar una red social, a la que asociamos ingenuamente con el placer y el tiempo libre. Pero lo que Musk estaba pensando, es en el poder de esa red, y de la capacidad que estaba adquiriendo de manejarla a su conveniencia.
La posibilidad de manejar X y con la misma apoyar al candidato a la Presidencia de los Estados Unidos Donald Trump y difundir sus mensajes, fue una de las causas del contundente triunfo no dimensionado previamente. No fue la única, pero sí una de las causas. La política y su proselitismo se hacen en la actualidad en las redes, y ya no más solo en las calles ni en los medios gráficos. Los analistas deben diseñar nuevas herramientas para analizar y poder evaluar cuantitativamente a los electores.
Por otra parte, cuando el ahora electo Presidente Trump fue excluido de la antes llamada Twitter y de Facebook, resolvió crear su propia red que llamó “Truth Social”, para “promover la libertad de expresión”. Así lo anunció en octubre de 2021 (tras ser suspendido de las otras redes a partir de enero de ese año) y lanzada oficialmente en febrero de 2022. Esta red también fue utilizada activamente en la elección presidencial del pasado noviembre.
Estas herramientas, sumadas a las condiciones económicas, sociales y esencialmente políticas existentes al momento de la elección, y al uso de una determinada cantidad de publicidad electoral tradicional, le dieron al candidato republicano una victoria contundente, muy por sobre las estimaciones de los pronósticos.
El Político y el Empresario. El Estado y el Gobierno
Trump y Musk tienen una cercanía personal y sintonía ideológica muy grande y no ocultadas. Todo lo contrario, la exhiben ambos y la actúan ambos, como una realidad que fortalece el triunfo electoral y la difusión de las ideas comunes de ambos sobre economía, política y estrategia mundial. Musk se ha convertido en el Consultor de Referencia de Trump y tendrá una posición especial en el Gobierno del nuevo Presidente, asesorándolo en temas estratégicos, en especial de fomento de la desburocratización del Estado y de la apertura de barreras comerciales. Parece contradictorio que un Presidente que ganó una elección, en parte pregonando el proteccionismo, tenga como Asesor a quien postula la caída de barreras arancelarias y el no respecto a la propiedad intelectual (porque entiende que todo avance e innovación industrial debe ser de dominio público). Y a este Asesor dará la responsabilidad de bajar barreras y reducir la burocracia estatal. Veremos con el correr de los meses que vendrán luego del 20 de enero de 2025, cómo actúan estos actores y cómo se concretan en actos de gobierno sus ideas que, a veces, pueden parecer contradictorias.
Una segunda contradicción se producirá, o al menos originará un potencial conflicto de intereses, cuando el encargado de la “desregulación” y de la “desburocratización” del Estado, es a través de empresas de su propiedad, uno de los más importantes contratistas del Gobierno de los Estados Unidos.
Elon Musk, con sus innovadoras empresas Space X, Starlink y The Boring Company Inc, entre otras, provee servicios al Estado Americano, y cobra del mismo a través de millonarios contratos. Es cierto que el Estado ya no puede, o la sociedad no quiere, que haga muchas de cosas que antes hacía, por ejemplo investigación avanzada de alto costo.
La investigación y el desarrollo de nuevos servicios (carreteras que atraviesen ciudades por el subsuelo para tránsito de alta velocidad, comunicaciones satelitales, exploración y población del espacio exterior, etc.) que hasta hace poco tiempo generaban bienes públicos brindados por el Estado, ya no resulta posible que continúen a cargo del Estado. La sociedad exige una menor presión fiscal con menos impuestos y mejor gestión de los recursos públicos que los que hacía antes el Gobierno.
A la vez, los gobernantes no están en posición de exponerse a fracasos en las investigaciones, que directamente impliquen para la opinión pública, una gestión ineficaz de los recursos de los contribuyen.
Se consagra en los hechos y de una manera novedosa, el Principio de Subsidiariedad del Estado: éste no hace lo que pueden realizar los particulares. El Estado compra los resultados de la investigación y de la inversión privada.
De su lado, los particulares (en este caso Elon Musk) celebra contratos millonarios con el Estado e invierte a su riesgo sus recursos particulares, para entregar luego el resultado de su inversión. El Estado compra a los particulares, los bienes y servicios que antes creaba y para obtener los cuales debía invertir sumas siderales. Se trastoca la relación: quien tiene los recursos para invertir en investigación y desarrollo es el particular, y quien compra el resultado generado por esa inversión es el Estado. Y los particulares, con su buena gestión, hacen que la generación de esos bienes públicos sea rentable económicamente, cosa que en el pasado a cargo del Estado, no lo eran.
La diferencia entre un modelo y gestión y el otro está en la originalidad, la innovación y la eficiencia de la gestión privada de los proyectos, muy distinta de la pública y despojada de los componentes de la política y la periodicidad de los cargos. La alternancia y la duración temporal en los cargos públicos, que es una de las características esenciales de la democracia, genera inevitablemente un horizonte temporal de miras y proyectos que es contraria a las visiones empresarias de largo plazo.
Esta inevitable estreches de miras temporales es otra de las causas por las que, excepto en contados casos de cuestiones tomadas como Políticas de Estados por países estables, la investigación dura ha pasado del sector público al privado. Es como decía, un hecho concreto en el cual se plasma prácticamente el principio de subsidiariedad.
Ahora bien, he explicitado que apoyo y veo correcto que el sector privado haga todo aquello que puede realizar de manera más eficiente que el sector público, pero en este caso se me plantea una cuestión compartida con algunos analistas y desarrollada en papers y medios en las últimas semanas: respecto a la incorporación de Elon Musk en el rol que el Electo Presidente Trump le está dando, ¿si quién debe pensar cómo desburocratizar el Estado es uno de los mayores contratistas del Gobierno de los Estados Unidos, no existe una manifiesta incompatibilidad en su persona o al menos un conflicto de intereses casi irresoluble?.
No pongo en tela de juicio la honestidad del Señor Musk. Solo destaco el hecho que, quien debe reducir el Estado y librar al Gobierno de trámites y organismos que atentan contra la eficiencia de la gestión y los derechos de los ciudadanos, es uno de los principales beneficiados con los contratos del Estado. ¿Tiene realmente el desregulador interés en reducir el Estado si en las contrataciones con él tiene una de sus principales fuentes de ingreso?. Dejo solo planteado el tema para observar en el correr de los meses cómo se plasmará en la gestión de este mandato presidencial.
Conclusiones provisionales
A modo de corolario planteo una pocas conclusiones, marcadas por la proximidad de los hechos analizados y sin tener aún una visión de largo plazo, la que deberá hacerse en algún tiempo:
La democracia, forma de gobierno incuestionablemente igualitaria, que es la más justa creada por el hombre (bajo nuestros parámetros de comienzos del Siglo XXI) como se pensó y se vivió desde hace más de 200 años, ha cambiado en su forma de ejercicio. Los representantes electos por los ciudadanos no son conocidos directamente por ellos, sino que recibimos una imagen creada por los propios aparatos electorales y por los medios de comunicación.
Este hecho, que es inevitable por la falta de inmediatez entre electores y candidatos en sociedades cada vez más grandes, hace que las intermediaciones entre unos y otros se vean inevitablemente condicionadas por los valores e intereses de los intermediarios.
Cuando se crean canales de comunicación no controlables o no medibles entre candidatos y electores, los resultados son mucho más imprevisibles que en el pasado, a la vez que mucho más influenciables que antes, cuando se utilizan las nuevas herramientas disponibles.
La forma de relacionarse, informarse y tomar decisiones, ha cambiado en la Sociedad. Antes los contactos personales y las reuniones presenciales eran la forma de crear conciencia para cambiar realidades. Ahora la presencialidad ha sido cambiada por la virtualidad y el contacto en la web.
Pero a pesar que se ha producido este cambio profundo en las formas de la vida en sociedad, el sistema de elección de los gobernantes en la democracia se ha mantenido inalterable. En el mejor de los supuestos, en algunos países y elecciones, se permite el voto a distancia; pero no es generalizado. Esta restricción y condicionante, tiene como sustento la no declarada convicción que el ciudadano elector se sigue informando y tomando su decisión electoral en los decimonónicos mítines políticos, o en los clubes de sociedad, o leyendo algún panfleto repartido en una esquina de la ciudad.
Esa realidad ha cambiado, y la mayoría de los ciudadanos electores nos informamos, si queremos tomar responsablemente la decisión de a qué candidato votar, por otros medios distintos a los tradicionales; y cada vez más por información correcta o malintencionada que circula por las redes sociales.
La sociedad cambió. Algunos de los candidatos ganadores lo han advertido y han actuado en consecuencia. Pero otros no y, quienes tienen la responsabilidad de cuidar de la democracia, parece que no han tomado conciencia de estos cambios, que deben ser tenidos en cuenta al momento de redefinir la reglamentación de las reglas de juego.
La democracia debe ser defendida y fortalecida, pero debe tenerse en cuenta, para lograr estos objetivos, que la realidad a legislar no es la del Siglo XIX, sino la del Siglo XXI. La sociedad ha cambiado y las herramientas que utiliza el elector y el candidato, también.
El Estado deja paulatinamente de hacer las cosas que hacía antes, porque se toma consciencia de su ineficiencia y de su incapacidad para destinar a la creación y provisión de bienes públicos, los recursos necesarios. Los particulares son mejores desarrollando y ofreciendo bienes públicos que en el pasado.
Hay un desplazamiento de las fronteras de la cosa pública y de la gestión privada. Se pide y se comienza a lograr que el Estado se reduzca y deja que los particulares hagan cosas que antes hacía él. Pero al particular hay que controlarlo.
Si quien toma la responsabilidad de imaginar la reducción del tamaño del Estado y de su desburocratización es un privado que contrata con el Estado, es muy probable que se presente un conflicto de intereses. Debe estarse atento a esta hipótesis, para poder resolverla.
Finalmente si lo que está en cuestión es el nuevo rol del Estado y la forma en la cual los ciudadanos tomamos consciencia y ejercemos nuestros derechos, es posible que sea necesario comenzar a repensar no las ideas de base, sino las formas instrumentales de la democracia.
Personalmente auguro un futuro de mayor ejercicio de los derechos individuales con mayor libertad, apalancado este fenómeno en el retraimiento del Estado y en la proliferación, abaratamiento y consecuente popularización de nuevas tecnologías.
Marcelo Loprete
Buenos Aires, 10 de diciembre de 2024
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